Amor, fuera de ti no existe el deseo

Lo esperaba cada día
para sellar otro encuentro inolvidable.
Y cada día llegaba sin prisas ni relojes,
con una fuerza indómita
que lo inundaba todo.
Me arrebataba la tristeza,
deteniéndose en cada beso,
acertando en cada caricia.

Así de tierno y rotundo era,
y por eso lo amaba.
Yo lo amaba y él me amaba,
y mis uñas descendían por su espalda
abriendo surcos infinitos.

Después, me acurrucaba en su costado
como quien encuentra, por fin,
el sitio exacto en el mundo.
El silencio se llenaba
de esa victoria secreta
que sólo conocen dos cuerpos
cuando dejan de defenderse.

Y allí quedaba rendida junto a él,
compartiendo su respiración
en un pacto de cómplices latidos.
Y le decía: “Amor, fuera de ti
no existe el deseo”.



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