¡Vaya mañanita que llevo…! Marga está insoportable, para variar. Desde que la nombraron directora de Marketing no deja de fiscalizar mi trabajo. ¡Qué pesada es! La odio. Odio la forma en que pronuncia las cuatro sílabas de mi nombre con esa vocecita impostada con la que acompaña sus cabreos, para luego volcar sobre mí, con calculada precisión, su contenedor de tareas. Es la única persona que conozco capaz de recibirme en su despacho con una sonrisa cuando, en realidad, lo que desea es asesinarme.
Y luego…, mi madre, a la que no se le ocurre nada mejor que hacer que llamarme en horario laboral y tenerme al teléfono tres cuartos de hora para ir contándome al detalle cada uno de sus múltiples achaques: los viejos y los nuevos. Bueno, y también para comentarme que ha vuelto a leer la novelita aquella en la que se inspiró para ponerme este nombre. Ya le vale… Se le podría haber ocurrido alguno más normalito, digo yo, uno que me hubiese permitido pasar desapercibida. ¡Qué cruz!
Llamadas y más llamadas: que si la nueva plataforma da errores; que si nos quedamos sin presupuesto; que si los materiales no llegan a tiempo… Hoy todo el mundo parece tener algo de qué quejarse.
Te digo que no aguanto más. En cinco minutos apago el ordenador y me largo de aquí. No pienso volver a coger el teléfono, que se busquen a otra. Voy a esfumarme y a sentarme a tomar un cafecito tranquilamente antes de volver a casa.
¿Dónde habré metido yo ahora la tarjeta? En este bolso no hay quién encuentre nada… Ah, sí, la puse en el cajón. Menos mal que me he acordado, porque lo que me faltaba en este momento es llegar a los tornos y tener que volver a subir.
¡Uf! ¡Qué alivio salir a la calle!
Voy a entrar aquí mismo, es el único sitio que no está abarrotado a estas horas.
– Un expreso, por favor.
– ¿Algo de comer? –me pregunta el chico del Starbucks.
– No, nada más que el café.
– ¿Su nombre?
– Ana, me llamo Ana.


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