No deberías haberlo visto

Encaramado a la azotea del edificio, Ari trataba de mantener la calma mientras enfocaba con la mira telescópica la puerta por la que, minutos más tarde, tendría que aparecer Izan. El corazón bombeaba con fuerza y la pulsión de los latidos ascendía por la garganta hasta presionarle las sienes. La frecuencia respiratoria se aceleraba, apenas podía contener el aliento. La rabia contenida durante los últimos días lo invadía todo. Tanta tensión acumulada le estaba pasando factura, pero no estaba dispuesto a permitir que ese hijo de puta se saliera con la suya: le iba a volar la cabeza en cuanto lo tuviera a tiro. No había podido pegar ojo en toda la noche pensando en la idea de matarlo.

Hanna podía irse de casa si quería, pero no con él. No tenía la menor intención de perdonar esta traición. La de él menos que la de ella. Le había salvado la vida durante el tiempo que combatieron juntos. Hacía menos de un año de eso. “Debí dejarlo morir entonces”, pensó. 

Pero ahora tenía que centrarse en su objetivo. No habría otro momento para hacerlo; era este y no podía fallar. Ahí estaba. Segundos después de verlo asomar, accionó el gatillo y permaneció inmóvil hasta ver cómo el cuerpo de su compañero yacía inerte en la acera, al otro lado de la calle, junto a un reguero de sangre. 

Un grito desgarrador a sus espaldas le hizo girar la cabeza. Apuntó de nuevo con el rifle. “No deberías haberlo visto”, dijo.



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